viernes, 20 de diciembre de 2013

La voz de la sabiduría, la voz de las matemáticas.

A continuación, me dispongo a escribir unas breves líneas acerca del que fue mi profesor de matemáticas durante los años anteriores a mi etapa en la universidad. Esta etapa comprende primero y segundo de bachillerato. Antes de dar comienzo a la entrevista me gustaría comentar porque le he elegido a él: 

En primer lugar, porque me parece una persona fuera de lo normal, lejos de lo corriente. Desde el momento en el que entra en el aula ya sabes que si quieres vas a aprender muchas cosas nuevas durante es sesión. Es capaz de guiar hacia el aprendizaje incluso a los que no prestan atención. He vivido con él dos años en los que día tras día le veías incluso durante varias horas a lo largo del día y en ninguna de ellas pasabas inadvertido. En cada una de ellas tenías algo interesante que contar a la salida de clase. Y sí, en muchas de ellas salías de clase enfadado como un niño chico debido a la cantidad de deberes que te había mandado para el día siguiente. En pocas de esas veces te parabas a pensar el por qué de esos deberes, si te los mandaba por gusto y quería hacerte sufrir toda la tarde. Pero no nos dábamos cuenta de que sin quererlo, estábamos aprendiendo muchísimo día tras día, ejercicio tras ejercicio. En muchas ocasiones, cansado de estudiar por las tardes, llegabas al día siguiente a clase sin los deberes hecho. Sabiendo que ibas a estar un escalón por debajo de los demás en esa sesión y por supuesto sabiendo que te el profesor te iba a dejar en evidencia delante de los demás. Porque si, otro fenómeno inexplicable es ese: siempre que no tuvieras hecho algún apartado insignificante de un ejercicio te iba a pillar sin ni siquiera acercarse a tu mesa. Desde el estrado, mientras tu agachabas la cabeza con el bolígrafo rojo en la mano haciendo que corregías el ejercicio, él te llamaba para que le dijeras la solución. Sabía perfectamente que tenías los demás ejercicios hechos y que solo te faltaba ese, pero por el mero hecho de quedar mal delante de los demás, al día siguiente tenías todos los deberes hechos sin un solo apartado en blanco. Podía haber algún apartado que estuviera mal realizado o que el resultado no fuera el exacto, pero poco a poco ibas mejorando el porcentaje de aciertos.


En segundo lugar, porque su forma de explicar, de responder dudas y su compenetración con las matemáticas no eran normales. Si por cualquier motivo no habías entendido algo de su explicación levantabas la mano y sabías que la duda iba a desaparecer por sí sola con su respuesta. 

Es por ello, que he ahora que estoy estudiando una ingeniería en la que las matemáticas son la base y son más complicadas, me doy cuenta de todo lo que he aprendido gracias a él por lo que le debo mucho y le estoy muy agradecido.

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